viernes, 26 de febrero de 2016

La Emoción de Escribir









Recuerdo que leía Marianela, que tenía doce años y que era martes. Afuera, en el jardín de mi madre, empezaba a llover.

Cerré, conmovido, aquel pequeño y viejo libro, y suspiré. Comprendí entonces que el amor es más puro cuando permanece ciego y que la esperanza es su lazarillo.

Recuerdo que todas las tardes, cuando el sol dejaba de habitar en su terraza, una princesa de cabellos largos y ojos serenos se asomaba para ignorarme.

Con ella descubrí, aunque no me mirara, que los sentimientos también habitaban en el aire, en las gotas de lluvia que caían sobre las buganvillas, en los pajarillos cobijándose en las ramas o en los últimos rayos de luz saludando la noche.

Jamás sentí, buscando sus ojos, un vacío y una admiración tan profundos. Ni siquiera el día en que me dejaron nadar solo por primera vez en el mar de Tarqui.

Recuerdo que tenía muchas hojas de papel donde anotaba los colores de los colibríes; una tarde, tal vez por la lluvia, ninguno apareció.

El desaliento me invadió; por eso resolví olvidar a Pablo, a Marianela y a la alteza silenciosa de la terraza.

Pero justo cuando pensé que era suficiente, percibí, emocionado, la necesidad de encontrar, en aquellas hojas blancas, la salida al laberinto de mis emociones.

Entonces brotaron, como brotan de las azaleas la ambrosía de los colibríes: un cuento, dos cartas y un poema. Todo ello escrito e inspirado por la inocencia de ese primer amor de juventud.

Ahora, después de tantos años y tantos nombres —Carmen, Sofía, Esther, Almudena, María, Lorena, Marcela—, todo sigue casi igual. Sigo escribiendo, como si de ello dependiera mi vida, solo por el placer de contar.

Hoy tengo una ventana que da a una calle que, por las noches, parece más triste. Almudena se casó hace diez años, María se divorció, y Lucía, la princesa, prefirió vivir en soledad.

He aprendido que, si amas, duele; y que si no amas, también.

Y que jamás debes guardar la ropa de invierno en mayo.

Esta emoción que nació un martes, en un jardín, nunca me abandonó. Es mi mejor musa y mi tenaz compañera. La que se sienta a mi lado en mis madrugadas de café y búsquedas. La que corrige cada renglón, dibuja los acentos y busca la musicalidad.

Todo empezó una tarde mientras llovía.

Ahora, por coincidencia, llueve también.