Para leer estas palabras, toma el sendero del árbol.
Cuando llegues al viejo sauce, siéntate bajo su sombra y regálale al silencio la música de tu risa.
Solo entonces, háblale de mí.
Pregúntale si aún recuerda aquella canción que solíamos cantar. Pregúntale si ya me ha olvidado.
Y por favor, abrázalo también. Agradécele de mi parte, por guardar entre sus ramas —eternamente— nuestra niñez.
Todo lo demás será como siempre, igual que ayer:
Te acostarás sobre el tapiz verde de la melancolía y tomarás unas florecillas lilas para adornar tu cabellera.
Pensarás: ¿Qué me escribe este loco? ¿Por qué sigue navegando en mares de papel?
Le pedirás al viento que deje de jugar con tus mejillas,
y la ternura te llevará, sin pedir permiso, hacia aquellos días azules de la infancia.


