Las velas de mis sueños se alzarán al viento, conduciéndome hacia las ciudades largamente anheladas.
No temeré a los Lestrigones, ni a los Cíclopes, ni al iracundo Poseidón; no los hallaré en mi camino si no es mi alma quien los convoca. ¡Tal es la promesa!
Ítaca me ofrece esta travesía espléndida y por ella mi gratitud será eterna.
Anhelaré que numerosas sean mis mañanas de verano, colmadas de luz y de presagios, y que la llama de mis deseos arda perpetua en lo más hondo de mi ser.
Sin prisas, con asombro y fervor, gozaré del viaje, procurando que se prolongue por años, para poder arribar a puertos inexplorados y aprender de sabios cuyas voces sean faros en la niebla.
No espero que Ítaca me colme de riquezas. Aunque la encuentre pobre, no me habrá defraudado.
Porque rico en vivencias, y pleno de cuanto el camino me haya dado, llegaré viejo a su orilla, dispuesto al descanso, y entonces, al fin, comprenderé lo que las Ítacas significan.

