Amas las formas infinitas en que te deseo,
la estrategia sutil de mis caricias,
la astucia callada con que mi cuerpo
aplaca tu hambre insaciable.
Luego llega la mañana,
compartimos un café y todo se disuelve en el olvido.
Así, tras el tormento de las horas,
espero que la luna desgarre nuevamente la noche
y despierte en ti ese fuego, ese apetito por mí.
Porque cada vez que me pierdo dentro de
ti
caigo en un abismo
donde ambos disfrutamos el descenso,
sintiéndonos dos almas suicidas,
ardiendo en su último vuelo.

