Un jueves veintiuno me
presenté en tu calle con apenas un par de cosas, temeroso de que al verme
cambiaras de idea. Pero no. Por suerte me abriste la puerta y los planes
florecieron: me cediste el control del televisor, un lugar en el sofá y el lado
izquierdo de tu cama. Entre los dos, con cierto realismo, pactamos que el
ensueño podía quedarse, siempre que no se marchara sin avisar por la ventana.
Los años fueron
transcurriendo. Todo parecía estar en su sitio, hasta que un día, sin más, el
amor se fue. No dejó nota. No se llevó nada. Ni siquiera la reluciente
Thermomix TM5 de acero inoxidable.
Antes de cerrar la puerta
me dijiste que así es la vida. Que no valía la pena hacer de aquello una
tragedia. Y mientras lo decías, acomodabas mis valijas, mi guitarra recién
afinada y cientos de libros en la entrada.
Y me fui, por el mismo
camino por el que había llegado. Como se va el amor: en silencio y con las
manos vacías.
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