miércoles, 28 de diciembre de 2016

Andrea





Ella no era fácil; simplemente intentaba cumplir con todos.
Sus ojos negros eran dos precipicios que atraían y provocaban
la más dulce de las muertes;
y sus labios expertos, bermejos,
hacían olvidar los rumores de su reputación.

Enamorarse estaba prohibido —advertía—,
porque podía arrancarte el alma
tan solo por divino placer.

La estadía en su apacible infierno
comenzó con una copa de Chardonnay
y terminó cuando a ella le dio la gana.

Prefería ser dueña de su cuerpo
y señora de sus noches.
Indiferente a las palabras de amor.
Sin amos, sin galanes, sin príncipes ni héroes.

viernes, 23 de diciembre de 2016

A usted


Sin ánimo de ofender:

Es simple: yo haré como si nunca hubieras existido.
Tú me arrancaste de mi soledad para nada
y, por decirlo de algún modo, fuiste un mal negocio.

Me prometiste realidad y me diste fantasía.
Y a mi edad —créeme— ya no la necesito:
para eso están los libros, la ópera
o esas películas con finales felices.

Yo te quería de carne y hueso,
a horas convenientes,
solo mía por palabra:
sin sortija, sin juramento,
sin presiones ni reclamos.
Colmada de defectos y sin virtudes,
sin preguntas y sin respuestas.

Yo deseaba despertar contigo por las mañanas,
siempre y cuando la noche anterior se nos hubiera caído encima.

No te quería dividida ni entera.
Lo nuestro era un concilio sin concilio,
y terminó por tu afición a los amores baratos.

Tal vez se te borró que,
cada vez que miraba en ti y no encontraba tu alma,
aun así te hallaba perfecta.
Intacta.
Perenne.

Quizás olvidaste que los hombres como yo van a muerte,
y que jamás sería un actor más
en el teatro ambulante de tus besos.