Ella no era fácil; simplemente intentaba cumplir con todos.
Sus ojos negros eran dos precipicios que atraían y provocaban
la más dulce de las muertes;
y sus labios expertos, bermejos,
hacían olvidar los rumores de su reputación.
Enamorarse estaba prohibido —advertía—,
porque podía arrancarte el alma
tan solo por divino placer.
La estadía en su apacible infierno
comenzó con una copa de Chardonnay
y terminó cuando a ella le dio la gana.
Prefería ser dueña de su cuerpo
y señora de sus noches.
Indiferente a las palabras de amor.
Sin amos, sin galanes, sin príncipes ni héroes.

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