Se hermana con el esfuerzo y juntas son la piedra filosofal que transforma todo en oro.
Esfuerzo y disciplina son el yunque donde los herreros de la vida forjan sus obras.
Que mi vida sea un largo viaje surcando mares de aventuras y horizontes de asombro. Y que, al hallar reposo en alguna isla serena, cuando el susurro final de la muerte me llame, pueda, con el corazón pleno y la mirada encendida, murmurar al viento: —¡He vivido!
Locura no fue amar,
locura fue amarte, precisamente a ti.
Los infartos y los intentos de suicidio
jamás son suficientes para que el corazón aprenda.
¿Qué si duele este adiós?
Te responderé, María, aunque tú no tengas alma.
Ves el milagro de un nuevo día entrando por tu ventana;
escuchas las coplas de los pájaros,
la honda melodía azul del océano,
el misterioso eco de las montañas…
¡Pero nada de esto te conmueve!
¿Todavía me preguntas si duele este adiós?
¡Tu adiós es un regalo!
Quien con desdén percibe los milagros de la vida,
tratara con aún más desprecio un sincero amor.
Es tu pequeño egoísmo y mi enorme indiferencia.
Son tus rabietas ilógicas y mis afanes de perfección.
Es tu falta de tacto y mi puñetera sensibilidad.
Son tus ansias de compañía y mis ganas de estar solo.
Eres tú, soy yo, pero tampoco somos nosotros.
Es simplemente aquello que llaman defectos.
Es eso que llevas dentro, lo que te hace humana,
y que a mí me convierte en un imbécil.
Son mis miedos y tus certezas,
mi nostalgia y tus heridas.
No eres tú, mi amor,
es simplemente que los sentimientos también expiran.
Es esa fecha de caducidad que todos llevamos en el alma.
No quiero escuchar más a mi corazón;
estoy harto de estupideces.
Quiero que mi corazón y mi cabeza
alcancen un consenso.
Quiero que mi corazón actúe con cabeza,
y que mi cabeza decida con corazón.
Todos tenemos una Ítaca.
No importa si nuestros pies yacen en la dura estepa,
en la blanca nieve de un crudo invierno,
en los recónditos arroyos de un lejano bosque
o en las infinitas arenas de un desierto.
Todos llevamos dentro una Ítaca que fondear.
—Los héroes ya no existen y los mártires mueren —gritó el verdugo con soberbia.
—Mientras haya vientres que engendren y se acunen ideales, ellos nacerán y vivirán —respondió la muchedumbre.