Soy culpable de tener un corazón que insiste en volar.
Cada vez que creo haber hallado ese rincón fértil donde hincar mis raíces, algo
en mí —más firme aún— decide desplegar las alas hacia otra tierra, otro mar,
otro cuerpo.
Por eso enfrento la soledad, cargo con las maldiciones y guardo el dolor de
quienes soñaron con ser la última princesa.
¿Qué excusa tengo?
Prefiero callar y ofrecer el pecho desnudo a las flechas del rencor.
A mi favor solo puedo decir que las amé a todas, con
la esperanza de encontrar en cada una un perfume, una chispa, un rastro de ese
amor que siempre estaré buscando.
