Era capaz de enloquecer a
cualquier hombre.
Bajo sus pasos caían las intenciones, ilusiones y deseos de furtivos ilusos que
soñaban con poseerla.
Caballeros venustos, ricos o pobres, afortunados o miserables, habrían vendido
el alma por una mirada suya, por el roce de su caricia.
Y, sin embargo, cada día —casi siempre a la
misma hora— volvía a los mismos brazos. ¿Por qué?
Sencillo:
En esos brazos habitaban todos los hombres que la deseaban.

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