Según los ánimos, tu voz era
como un coro de arpas o el estruendo de un trueno en la tormenta. Tenías el
cabello largo, la piel bronceada, y en tu rostro asomaban estelas grises por esa
vida dura que te tocó llevar. Y, aun así, a pesar del dolor y el abandono, destellaste
infinitas tardes azules y ochenta mañanas limpias de mayo.
Recuerdo, como la mejor
evocación de mi vida, la resplandeciente carretera bajo el sol; la brisa de
junio acariciando nuestras caras y tus manos mimando mi indomable cabello antes
de subir al autobús.
Íbamos camino al sur, hacia
las tierras del Daule. Asomados en la ventanilla mirábamos juntos el horizonte y
de vez en cuando cerrábamos los ojos, porque según tú, así se descubrían los
colores divinos y se oían las notas ocultas de los sueños. Muchos años después debo
confesarte que, solo entonces y nunca más, se revelaron ante mí los destellos
de los ríos, el olor de los verdes arrozales y la soledad de los vastos campos
de caña.
Todo era tan nuevo para
mí que jamás te dieron tregua mis dudas de niño. Por eso, y a veces por obligación,
me explicaste la virtud del árbol, la blancura de la garza y la paciencia del
gavilán. Es que tu sabiduría era de tierra y sangre, Sara, tan elevada que yo solo
alcancé a rozar su altura.
Ahora te imagino escudriñando
la Biblia y susurrando oraciones por ese hijo que creció y se fue tan lejos. ¿Te
acuerdas lo que hablamos aquella vez bajo la luna de agosto? Tú bebías un té de
romero y culpabas a mi alma gitana de mi pasión por ir haciendo caminos.
¿Aún haces vigilia en el
balcón esperando mi regreso? ¿Has leído mi carta de marzo? Seguro la
hallaste tibia e insuficiente. No sé por qué, pero cuando te escribo las palabras
me abandonan. Y entonces ya no puedo contarte sobre las tardes bermejas de
España, lo de la nieve colmando los picos altos de la sierra y de lo hermosa
que me parece Julia, aquella muchacha de cabellos castaños y ojos tristes cuya
sonrisa ha colmado mi memoria.
Aquí mis días son nuevos
y buenos, de eso debes estar convencida; son tan gentiles que no tengo queja
alguna, aunque todo siga siendo tan extraño para mí.
Ahora me despido, te echo
tanto de menos, fuera son las dos de la madrugada y el viento hace volutas bajo la moribunda luz de una farola en la calle.
Hasta pronto y hasta
siempre mi primera novia, mi primera musa, mi primer amor.

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