“La vida es cuestión de pulgadas”, decía Al Pacino en Un domingo cualquiera.
El tiempo se bifurca frente a nuestras narices en incontables presentes,
en muchos posibles futuros,
por culpa —o gracia— de aquellas pulgadas.
Una rata negra y un coche me lo confirmaron.
Hoy, erré por dos centímetros un golpe con mi bate,
y ella escapó.
Sin ese fallo, el roedor sería solo historia,
y hoy no habría mordido a un infante en la nariz.
Horas más tarde, al cruzar una avenida,
vi una sombra alargada proyectada sobre una pared.
Algo en mí decidió quedarse inmóvil,
y entonces, un veloz caballo de acero
rozó mi sorprendida humanidad.
“Cuestión de pulgadas”, susurré,
“cuestión de pulgadas…”

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